MARÍA SANTÍSIMA DEL AMOR

MARÍA SANTÍSIMA DEL AMOR

MARÍA SANTÍSIMA DEL AMOR

La Advocación Mariana del Amor: Una denominación afín a las gozosas derivadas

Dentro de la religiosidad popular que lleva a la creación de la Semana Santa la Virgen comienza a aparecer detrás de todos los pasos de misterio, pero existen dos momentos en que la Virgen no puede estar triste y si llora no lo hace de dolor, sino de alegría, concretamente nos referimos a los que tradicionalmente (salvo excepciones) son el primer y último paso de la semana santa; la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén y la Resurrección del Señor. Hay que denominar a estas vírgenes como gozosas derivadas, pues no acompañan al Niño pequeño, pero sí están presentes en la idea de la glorificación de Jesús.

Toda esta clase de vírgenes suelen recibir advocaciones muy concretas que se distancian de las dolorosas, Paz, Amor…

Volviendo a la advocación mariana, como en la mayoría de las vírgenes de candelero no podemos encontrar un atributo que nos pueda demostrar la advocación del Amor, simplemente la placa que toda Virgen muestra sobre su pecherín. Sin embargo debemos de tener en cuenta que las advocaciones marianas salvo casos muy especiales no se muestran, se reflexionan. Una advocación no se marca por mero capricho, sino que es un gesto definitorio de la misma hermandad que ha de tener en cuenta, en la forma de vida de sus hermanos aquella virtud cual han querido arcar en sus vidas como cofrades.

Concluimos con la idea de que el Amor es una advocación muy factible y generalizada y que al comienzo de la Semana Santa Ubetense podemos recordar y reflexionar gracias a la hermandad para la que escribo estas palabras.

Pablo Jesús Lorite Cruz.
Licenciado y DEA en Humanidades.

Vistiendo a Nuestra Madre del Amor

Dentro del funcionamiento habitual de una Hermandad el vestir a la imagen de la Virgen podría considerarse como uno de los momentos más íntimos y delicados que se realiza a lo largo de todo el año. Cuando vemos en la capilla o en las calles las  imágenes de la Virgen las miradas se centran fundamentalmente en su rostro pero también en el ajuar que la acompaña (vestiduras, orfebrería, trono…), existiendo en muchos casos la curiosidad de conocer qué se encuentra tras todo ese aderezo o las partes que componen el resultado final. Es por ello por lo que vamos a abordar todo este proceso (al que solo tenemos posibilidad de asistir unos pocos) para que los lectores puedan conocerlo de forma más detallada.

En primer lugar destacaremos las partes de las que se compone cualquier imagen procesional de vestir (también llamadas de candelero o devanadera), si bien nos centraremos en aspectos relacionados con nuestra Virgen del Amor. La imagen, realizada en madera de cedro y policromada al óleo mide 1,70 metros de altura, constando de una cabeza (rostro y cuello), un cuerpo o tronco esbozado hasta las caderas, dos brazos articulados que permiten movimientos de 360° con manos, así como un bastidor troncocónico a modo de falda (denominado candelero).
En el rostro el imaginero plasma la expresión de alegría o tristeza características de las imágenes procesionales. En el caso que nos ocupa y sirviéndonos de la descripción que de María Santísima del Amor hace Martínez Elvira : «Su rostro no refleja ningún sentimiento lastimoso; al contrario, esboza una leve sonrisa ante la triunfal entrada de su Hijo en la Ciudad Santa».

Las manos permanecen abiertas, sin presentar dedos flexionados como habitualmente podemos encontrar en  imágenes de este tipo. En ellas suelen portar casi por regla general el rosario en una y el pañuelo de encaje con el que enjugan sus lágrimas en otra, si bien en el caso de Nuestra Señora del Amor no lleva este último al tratarse de una imagen letífica . También podemos encontrar casos en los que porta algún elemento de la pasión o símbolo que la identifica con su advocación o Cofradía.

El tronco o cuerpo suele tener un aspecto tosco y poco anatomizado ya que no se muestra visible, si bien existen casos en los que los imagineros han detallado de mejor manera los mismos. En la imagen que nos ocupa se nos muestra policromado en marrón. Volviendo a retomar las palabras de Martínez Elvira : «En correspondencia con este estado letífico, su cuerpo no se encorva, aplastado por el dolor, sino que, al contrario, se mantiene enhiesto».

El candelero o bastidor con que se forma la parte inferior del cuerpo se sujeta al busto y se compone de un esqueleto troncocónico formado por doce listones de madera de un metro de altura que se unen a una base ovalada de madera.

Una vez que hemos realizado un recorrido por la imagen tal y como la concibió José María Palma Burgos detallaremos el momento más intimista y devocional que se refiere al momento de vestir a la imagen. Es aquí donde aparece la figura del vestidor, auxiliado por las camareras, siendo el primero el responsable de colocar el tocado y disponer el resto de prendas y aderezos, mientras que las camareras son las responsables de custodiar, mudar interiormente la imagen así como proporcionar las ropas y aderezos que se le colocan. Todos sin distinción, ya sean camareras o vestidor tienen el privilegio de estar más cerca de la Madre del Amor y conocerla mejor que nadie.

El acto de vestir a la imagen implica todo un arte que hay que saber descifrar:

El proceso comienza cuando las camareras de la Cofradía, Encarnita, Loli y Manoli, visten interiormente a la Virgen con una camisa y sobre estas colocan las enaguas blancas. Sobre esta se coloca la saya compuesta por dos piezas (corpiño y saya), ciñéndose a la cintura un cíngulo o fajín que marca las caderas y proporciona esbeltez a la imagen, colocándose seguidamente los manguitos o puños  y las mangas. A continuación tiene lugar uno de los procesos más laboriosos, colocar el tocado o rostrillo enmarcando la cara de la Virgen, pudiendo realizarse a base de pliegues de tela o tiras de encaje. Sobre la cabeza se coloca el manto, el cual se sustenta sobre una estructura metálica denominada «pollero», permitiendo conferirle la forma al mismo y evitar que la imagen sufra en su estructura por un excesivo peso del manto. Finalmente se puede cubrir el manto con una toca de sobremanto sobre la cual se coloca la corona, diadema o aro.

El color de las vestimentas varía en función del tiempo litúrgico, ataviándose en el caso de la Virgen del Amor de rojo para la Candelaria, hebrea en Cuaresma, blanco para Pascua de Resurrección, cardenal para Lutos, celeste para Inmaculada, mostrándose con saya bordada y manto verde para la salida procesional así como para la Fiesta que se realiza en su honor. Hay que tener en cuenta que tiempo atrás las imágenes solían estar ataviadas de negro riguroso durante todo el año y con un tocado a modo de velo monjil, hasta que a mediados del S.XIX aparecen nuevos colores como el verde, azul, morado…siendo a principio del S.XX cuando las imágenes comienzan a cambiarse de color según el tiempo litúrgico, apareciendo innovaciones en la colocación del tocado o rostrillo. En el caso de la Virgen del Amor el desarrollo evolutivo en el arte de vestirla comienza con una influencia malagueña en su atavío (imitando el famoso icono malagueño de María Santísima del Rocío, conocida popularmente como la Novia de Málaga). Será en 1995 cuando Paco Santacruz se encargue de arreglarla al modo andaluz, introduciendo rostrillos que enmarcaban el rostro, tejidos hebreos así como el cambio de disposición del manto al situarse sobre la cabeza y no sobre los hombros como inicialmente se concibió. Las camareras serían las encargadas de ataviar a la imagen a partir del 2001 (encontrando cambios puntuales desarrollados por el vestidor cordobés Antonio Villar Moreno) hasta que en el año 2009 se hará cargo de ello el vestidor ubetense Rafael Orozco.

De esta forma el vestir a una imagen de la Virgen ha evolucionado hasta una nueva dimensión, haciendo que el vestidor culmine la obra de otro artista, desarrollando el que os escribe dicha tarea desde mediados del año 2014 e intentando conferirle a la Madre un estilo propio sin olvidar los inicios de la misma en lo que se pretendía hacer que la Virgen del Amor fuese única. Y fue en ese empeño de que esta Virgen diferente luzca en su particular y a veces incomprendida belleza como me encontré cara a cara con sus ojos que llenos de dulzura me animaban a mimarla y  a refugiarme en ella. Es por ello que  creo que la tarea que se me ha encomendado es de las más bellas que se puede desempeñar en este mundo de la Semana Santa y por tener ese privilegio de poder mirar a los ojos cara a cara a nuestra Virgen del Amor le doy gracias con todo el corazón.

Roma virgen

Pedro José Millán Ruiz
Vestidor de la Virgen del Amor